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lunes, 21 de febrero de 2005

Memorias de mis putas tristes (Gabriel García Márquez)

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La verdad es que los primeros cambios son tan lentos que apenas si se notan, y uno sigue viéndose desde dentro como había sido siempre, pero los otros lo advierten desde fuera.

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[…] la ví por casualidad inclinada en el lavadero y con una pollera tan corta que dejaba al descubierto sus corvas suculentas. Presa de una fiebre irresistible se la levanté por detrás, le bajé las mutandas hasta las rodillas y la embestí en reversa. Ay, señor, dijo ella, con un quejido lúgubre, eso no se hizo para entrar sino para salir.

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[…] así como los hechos reales se olvidan, también algunos que nunca fueron pueden estar en los recuerdos como si hubieran sido.

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La edad no es la que uno tiene sino la que uno siente.

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El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor.

lunes, 3 de marzo de 2003

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (Gabriel García Márquez)

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…pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra…

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La hinchazón le reventó los cordones de las polainas y las costuras de la ropa, los dedos se le amorcillaron por la presión de las sortijas, se puso del color del venado en salmuera y le salieron por la culata unos requiebros de postrimerías, así que que todo el que había visto un picado de culebra sabía que se estaba pudriendo antes de morir y que iba a quedar tan demigajado que tendrían que recogerlo con una pala para echarlo dentro de un saco…