sábado, 20 de diciembre de 2003

A la sombra del granado (Tariq Alí)

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¿Recuerdas la sombra del granado las noches de luna llena, Ama? ¿Recuerdas lo que decíamos? Si la luna está con nosotros ¿para qué necesitamos estrellas?

sábado, 29 de noviembre de 2003

La carta esférica (Arturo Pérez Reverte)

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Siempre hay un tonto que pierde. Y si miras alrededor y no ves ninguno, es que el tonto eres tú.

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La mujer es el único ser que no puede definirse con dos oraciones consecutivas.

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La vida de los hombres gira siempre en torno a una sola mujer: aquella donde se resumen todas las mujeres del mundo, vértice de todos los misterios y clave de todas las respuestas. La que maneja el silencio como nadie, tal vez porque ése es un lenguaje que habla a la perfección desde hace siglos. La que posee lucidez sabia de mañanas luminosas, atardeceres rojos y mares azul cobalto, templada de estoicismo, tristeza infinita y fatiga para las que [...] no basta una sola existencia. Era necesario, además y sobre todo, ser hembra, mujer, para mirar con semejante mezcla de hastío, sabiduría y cansancio. Para disponer de aquella penetración aguda como una hoja de acero imposible de aprender o imitar, nacida de una larga memoria genética de vidas innumerables, viajando como botín en la cala de naves cóncavas y negras, con los muslos ensangrentados entre ruinas humeantes y cadáveres, tejiendo y destejiendo tapices durante innumerables inviernos, pariendo hombres para nuevas Troyas y aguardando el retorno de héroes exhaustos; de Dioses con pies de barro a los que a veces amaba, a menudo temía y casi siempre, tarde o temprano, despreciaba.

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Durmió como si le fuera la vida en ello, o como si deseara mantener la vida afuera, a distancia, el mayor tiempo posible.

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De pronto se estremeció en su interior y algo cruzó su mente como un fogonazo cálido; y supo, naturalmente, que estaba allí porque un día iba a enseñarle algo a aquella mujer. (...) Iba a enseñarle algo que ella creía saber y no sabía; algo que ella no podía controlar tan fácilmente como los gestos, las palabras, las situaciones y, en apariencia, a él mismo. Pero había que esperar, antes de que llegara ese momento. Por eso estaba allí y no tenía otra cosa que la espera.

lunes, 20 de octubre de 2003

Seda (Alessandro Baricco)

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Llovía su vida, frente a sus ojos, espectáculo quieto.

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Tenía los labios entrecerrados, parecían la prehistoria de una sonrisa.

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Antes de salir, miró una última vez hacia ella. Le estaba mirando, con ojos completamente mudos, a una distancia de siglos.

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- Es un dolor extraño.
En voz baja.
- Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

martes, 14 de octubre de 2003

El último Catón (Matilde Asensi)

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Debí recordar esa frase que dice: "Ten cuidado con lo que deseas porque lo puedes conseguir".

viernes, 12 de septiembre de 2003

Un jardín en Badalpur (Kenizé Mourad)

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Y, además, ¿de qué sirve emocionar? La emoción que no halla salida en la acción es un veneno para el alma; quienes sufren necesitan nuestra ayuda, no nuestra culpabilidad ni nuestras lágrimas.

viernes, 1 de agosto de 2003

Sefarad (Antonio Muñoz Molina)

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Pero se han ido haciendo mayores sin que nos diéramos cuenta y se nos vuelven unos desconocidos, huéspedes huraños de nuestra misma casa, encerrados en esos cuartos que se han vuelto como madrigueras sombrías, de las que salen a veces músicas insufribles, olores o ruidos que preferimos no identificar.

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Nada de lo que a nosostros nos gusta tiene ya significado para ellos, y de ven en cuando se nos quedan mirando con lástima o con indiferencia y nos hacen sentirnos ridículos, vernos a través de lo que ven sus ojos en nosotros, gente gastada y mayor a la que no sienten que deban agradecer nada, que les provoca sobre todo irritación y aburrimiento, y de la que se apartan como queriendo desprenderse de las telarañas sucias del polvo del tiempo al que nosotros pretenecemos, el pasado.

lunes, 21 de julio de 2003

La Papisa Juana (Lawrence Royidis)

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Nada hay más dulce que las lágrimas cuando tenemos una mano pronta a enjugarlas, o un par de labios ansiosos por besar esa lluvia del corazón, como las llaman los hindúes. Cuando uno llora solo, las lágrimas son verdaderas y amargas, como todas las verdades del mundo.

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Para disfrutar adecuadamente de la naturaleza el corazón y el estómago deben estar tranquilos. De otra forma el sol nos parece una máquina para madurar melones, la luna una linterna para los rateros, los árboles una cantidad de leña, el mar salmuera y todo el conjunto de la vida tan desprovisto de sustancia como un zapallo hervido en agua.