jueves, 29 de junio de 2006

Las intermitencias de la muerte (José Saramago)

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Las religiones, todas, por más vueltas que le demos, no tienen otra justificación para existir que no sea la muerte, la necesitan como pan para la boca.

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Señir director, escribía, yo no soy la Muerte, soy simplemente la muerte, la Muerte es algo que ni por sombra le puede pasar por la cabeza qué es, ustedes, los seres humanos, sólo conocen, tome nota el gramático de que yo también lo sabría por ustedes, los seres humanos, sólo conocen esta pequeña muerte cotidiana que soy, esta que hasta en los peores desastres es incapaz de impedir que la vida continúe, un día llegarán a saber qué es la Muerte con letra mayúscula, en ese momento, si ella, improbablemente, les diese tiempo para eso, comprenderían la diferencia real que existe entre lo relativo y lo absoluto, entre lo lleno y lo vacío, entre ser todavía y el no ser ya, y cuando hablo de diferencia real me refiero a algo que las palabras jamás podrán expresar, relativo, absoluto, lleno, vacío, ser todavía, no ser ya, qué es esto, señor director, porque las palabras, si no lo sabe, se mueven mucho, cambian de un día a otro, son inestables como las sombras, sombras ellas mismas, que tanto están como dejan de estar, pompas de jabón, caracolas que apenas dejan oír la respiración, troncos cortados…

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(…) quizá no la más guapa entre la asistencia femenina, pero guapa de un modo indefinible, particular, no explicable con palabras, como un verso cuyo sentido último, si es que tal cosa existe en un verso, continuamente escapa al traductor.

viernes, 2 de junio de 2006

El invierno en Lisboa (A. Muñoz Molina)

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Los nombres, como la música, (…) arrancan del tiempo a los seres y a los lugares que aluden, instituyen el presente sin otras armas que el misterio de su sonoridad.

lunes, 29 de mayo de 2006

La historia del amor (Nicole Krauss)

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Lo único que quiero es no morirme un día en que nadie me haya visto.

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Mi corazón es débil y poco fiable. Cuando me muera, será del corazón. Procuro castigarlo lo menos posible. Si presiento que algo ha de afectarlo, lo desvío haci otro sitio. El vientre, por ejemplo, o los pulmones, que pueden colapsarse un momento, pero siempre vuelven a tomar aliento. Las pequeñas humillaciones coditianas, por ejemplo, si al pasar por delante de un espejo me veo la cara de improviso, o estando en la parada del autobús unos chavales se acercan por detrás y dicen "¿No hueles a mierda?", suelo encajarlas con el hígado. Otros ataques los dirijo hacia distintos puntos. El páncreas lo reservo para la nostalgia de todo lo perdido. Es verdad que es un órgano muy pequeño para tantas cosas. Pero te sorprendería lo mucho que puede aguantar, lo único que siento es un dolor agudo, pero pasa enseguida. A veces imagino mi propia autopsia. Decepción que provoco en mí mismo: riñón derecho. Decepción que provoco en los demás: riñón izquierdo. Fracasos personales: tripas. No pretendo haber hecho de eso una ciencia. Tan bien estudiado no lo tengo. Tomo las cosas como vienen. Es sólo que he observado cierta pauta. El día en que se atrasan los relojes y oscurece antes de lo que yo esperaba, eso, por razones que no puedo explicarme, lo noto en las muñecas. Y cuando me despierto con los dedos yertos, es casi seguro que estaba soñando con mi niñez. (…) Dedos yertos, así vuelve a mí, al final de mi vida, el sueño de mi niñez. He de ponerlos bajo el chorro de agua caliente, el vapor empaña el espejo, fuera hay revuelo de palomas. Ayer vi a un hombre dar un puntapié a un perro, y lo sentí detrás de los ojos. No sé como llamarlo. Es el sitio que está antes de las lágrimas. El dolor del olvido: las vértebras. El dolor del recuerdo: las vértebras. Todas las veces en que, de pronto, me doy cuenta de que mis padres han muerto, porque aún hoy me sorprende estar en este mundo cuando lo que me creó ha dejado de existir: las rodillas, y necesito medio tubo de lilimento y muchos sudores sólo para doblarlas. Cada cosa tiene su momento, y cada vez que, al despertar, he caído en el error de creer por un momento que a mi lado dormía alguien: una hemorroide. La soledad: no hay órgano que pueda asimilarla toda.

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Aquel espacio estuvo vacío mucho tiempo. Quizás años. Y cuando al fin volvió a llenarse, tú sabías que el nuevo amor que sentías por una mujer hubiera sido imposible sin Alma. De no ser por ella, nunca hubieras tenido ese espacio vacío ni sentido la necesidad de llenarlo.

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…la "irreconciliable contradicción de ser animales condenados a tener concienca de sí mismos y entes morales condenados a tener instintos animales".

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“Son tantas las palabras que se pierden… Salen de la boca, se atemorizan y vagan sin rumbo hasta que son barridas a la cuneta como hojas secas. Los días de lluvia puede oírse su coro que se alja veloz.
YoerabonitaNotevayastelosuplicoTambiényocreoquetengoelcuerpodecristal
NuncahequeridoanadiemásqueatiYomeencuentrodivertidaPerdóname…
Hubo un tiempo en que era normal ensartar las palabras en un hilo para guiarlas y evitar que se extraviaran por el camino hacia su destino. Los tímidos solían llevar un carrete en el bolsillo, pero la gente pensaba que también lo necesitaban los audaces que hablaban a gritos, porque muchas veces los que están habituados a ser oídos por muchos no saber hacerse oír por uno solo. La distancia física entre dos personas que estuviesen usando el hilo no tenía por qué ser larga; a veces, cuanto más corta la distancia más necesario era el hilo.
(…) A veces no hay hilo que sea lo bastante largo para que uno pueda decir lo que debe. En tales casos, lo único que puede hacer el hilo, cualquiera que sea su forma, es conducir el silencio de una persona.”

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Y sin embargo. Cuando terminó, yo había sido iniciado en el misterio que marcaa el principio del fin de la infancia. Tardaría años en agotar toda la alegría y el dolor que nacieron en mí en aquel medio minuto escaso.

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Y es que en el mundo existen dos clases de personas: las que prefieren la tristeza en compañía y las que prefieren la tristeza en soledad.

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Ahora que la mía casi ha terminado, puedo decir que, para mí, lo más asombroso de la vida es la capacidad de cambio. Un día eres una persona y al día siguiente te dicen que eres un perro. Al principio se te hace duro, pero luego aprendes a no considerarlo una pérdida. E incluso llega un momento en que sientes euforia al descubrir lo poco que necesitas que permanezca igual para seguir empeñado en ese esfuerzo al que llaman, a falta de una palabra mejor, ser humano.

martes, 23 de mayo de 2006

El bosque de los Pigmeos (Isabel Allende)

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La verdadera amistad, pensaban, resiste el paso del tiempo, es desinteresada y generosa, no pide nada a cambio, sólo lealtad.

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Carecían de palabras para describir ese delicado sentimiento y temían que al hacerlo se rompiera, como cristal. Expresar su relación en palabras significaba definirla, ponerle límites, reducirla; si no se mencionaba permanecía libre e incontaminada.

lunes, 15 de mayo de 2006

La edad de la inocencia (Edith Wharton)

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(…) una ley incuestionable del mundo de la música ordenaba que el texto alemán de las óperas francesas, cantandas por artistas suecas, debía traducirse al italiano para mejor comprensión del público de habla inglesa.

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El aire de las ideas es el único aire que merece respirarse. Por eso nunca me arrepentí de abandonar tanto la diplomacia como el periodismo, dos formas diferentes de la misma autoabdicación.

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Simplemente sentía que si podía llevarse la imagen del pedazo de tierra sobre el cual ella caminaba, y la manera en que el cielo y el mar lo circundaban, el resto del mundo prodría parecer un poco menos vacío.

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- ¿Apenas me recordabas?
- Quiero decir… ¿cómo te lo explico? Siempre me pasa lo mismo. CADA VEZ SUCEDES DE NUEVO PARA MI.

martes, 25 de abril de 2006

Sueño profundo (Banana Yoshimoto)

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No recuerdo si esto me había ocurrido con anterioridad, pero cuando me enfrenté a las tinieblas de mi corazón, cuando me sentí herida en lo más hondo y me rompí en pedazos, exhausta, de improviso emergió de mi interior una fuerza inexplicable.

martes, 21 de marzo de 2006

El anillo (Jorge Molist)

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Creía que la vida transcurría viajando hacia Ítaca. La Ítaca de cada uno; que la vida está en el camino, no en la llegada. El último puerto es la muerte.

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"Cuando salgas hacia Ítaca, pide que el camino sea largo, no apresures tu viaje, que dure muchos años, y cuando atraques en la isla, ya viejo, y docto por lo aprendido en el camino, no esperes que Ítaca te enriquezca. Ítaca te ha dado el viaje, y aunque la encuentres pobre, no te ha engañado y así, ya sabio, sabrán lo que significan las Ítacas" (Constantin Kavafis)

- 279 -

Pasamos la vida deseaando alcanzar algo, persiguiendo sueños, creyendo que cuando tengamos eso tendremos la felicidad. Pero no es así. La existencia está en el camino, no al final. No importa cuán bello, importante, espiritual sea lo que pretendemos. La última parada es siempre la muerte. Si no sabemos ser felices, ser mejores, ser quienes queremos ser en el trayecto, tampoco encontraremos eso al final. Ésa es la razón por la que debemos disfrutar del momento. La vida está llena de tesoros que la gente persigue, son cosas que creen que les proporcionarán la dicha, pero acostumbran a ser espejismos y a veces, alcanzando su anhelado deseo, uno sólo encuentra ell vacío entre sus manos.