sábado, 28 de julio de 2007

El quinto en discordia (Robertson Davies)

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Ésa es una de las crueldades del teatro de la vida: todos pensamos que somos protagonistas, y cuando se hace evidente que somos simples personajes secundarios o figurantes, raramente lo reconocemos.

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Si no hay posibilidad de que un joven tenga un buen profesor, háganlo enfrentarse a un lisiiado psicológico o un fracaso exótico; nunca a un profesor malo o aburrido.

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Aunque todas las noches me veía obligado a corregir ejercicios, pronto alcancé la actitud profesional adecuada hacia esas deplorables exploraciones de las cuevas de la ignorancia, y no permitía que me deprimieran.

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Lo único que conseguí averiguar durante el tiempo que estuve sentado en la basílica de Guadalupe fue que la fe es, ciertamente, una realidad psicológica, y que cuando no es invitada a adherirse a los fenómenos invisibles, invade los visibles y monta una tremenda zapatiesta. En definitiva: la irracionalidad siempre logra expresarse, tal vez porque el término irracionalidad es incorrecto para definirla.

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¿Qué razón lleva a personas de todo el mundo y de todas las épocas a anhelar maravillas que no se pueden calificar según los hechos verificables? Y por otra parte, ¿son creadas las maravillas en virtud de su deseo, o es éste una seguridad que surge de una convicción profunda, que no puede ser experimentada ni cuestionada de forma directa, de que lo maravilloso es, en realidad, un aspecto de lo real?

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Debes envejecer, Boy, descubrir lo que impica la edad y cómo ser viejo. Un querido amigo me dijo una vez que desearía tener un Dios que lo enseñara e envejecer. (…) Los dioses mantienen eternamente jóvenes a los que odian.

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Mi caso es extraordinario, pero siempre se aprende un misterio a cambio de la inocencia.

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